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Los indios de Calchaquí y los recursos vegetales 

María de Hoyos (1)

Este trabajo tiene como objetivo conocer cuáles fueron los recursos vegetales y de qué manera los obtuvieron y emplearon los pueblos que habitaron los Valles Calchaquíes en los siglos XVI y XVII. Intentaremos reconstruir las actividades agrícolas, obtener información sobre los productos cultivados o recolectados y sobre aquellos que fueron adoptados libremente por los calchaquíes luego de su introducción por conquistadores españoles. En esta propuesta procuramos articular y complementar información surgida de las fuentes históricas con la proporcionada por el registro arqueológico y con los resultados de las aproximaciones etnoarqueológicas sobre prácticas actuales agrícolas y de recolección en la región valliserrana del Noroeste argentino.

Introducción

Esta propuesta es el resultado de la recopilación de una serie de datos surgidos cuando realizábamos un sondeo en busca de otros datos que nos permitieran generar hipótesis acerca de algunos interrogantes que se nos planteaban en nuestras investigaciones arqueológicas llevadas a cabo en valles vecinos a los Valles Calchaquíes en el Noroeste argentino.

Las posibles respuestas aún no aparecen, pero la lectura de las fuentes escritas nos proporcionó información acerca de las actividades desarrolladas por los Indios de Calchaquí para obtener los recursos vegetales necesarios para alimentarse, confeccionar instrumentos o herramientas, obtener combustible y pasturas para el ganado.

Desde las primeras entradas de los conquistadores (1543) todos los grupos que habitaban el área valliserrana central, que abarca las provincias de Salta, Catamarca, oeste de Tucumán, La Rioja y norte de San Juan, fueron designados genéricamente como diaguitas. Conformaban, por un lado, una gran unidad étnico-lingüística de habla Kakan pero, por el otro, constituían numerosos grupos o parcialidades con sus respectivos jefes, territorios y denominaciones étnicas.

Con el tiempo, los pueblos que ocupaban los actuales valles de Calchaquí y Santa María empezaron a identificarse como calchaquies. La palabra Calchaqui apareció por primera vez en una carta de Aguirre de 1556, para luego ser repetida con frecuencia creciente a partir de 1562 con el primer gran levantamiento indígena encabezado por Juan Calchaquí, curaca de Tolombón (Tarragó1984:147). Bajo su jefatura se reunieron diferentes parcialidades para enfrentar a los conquistadores españoles y se denominaron "Indios de Calchaquí" primero a los partidarios del curaca y luego a todos los del valle, especialmente si eran "diaguitas de guerra".

El patronímico se extendió para identificar a un grupo étnico y luego a toda una región. La expresión valle o provincia de Calchaqui reemplaza a las anteriores denominaciones inkas, es decir Chicoana y Quiri-quiri, en los documentos. Sin embargo, ningún grupo se autodesigna de esa manera, ni es denominado así por otros. Tampoco lo usarán los españoles cuando los desnaturalizan. A pesar de ello, las fuentes insisten en esa designación genérica y multivalente (Lorandi-Boixados 1987:273).

En este trabajo insistimos en esa designación ya que para cumplir con el objetivo de nuestra propuesta no es necesario mayores sutilezas étnicas. Una carta del gobernador Felipe de Albornoz de 1631 que relata los planes de "entrada" al valle nos ilustra sobre sus límites:

"Los de Córdoba, Rioja y Londres que entrasen por Londres que es el principio de dicho Valle. Los de Santiago y San Miguel de tucumán, por tucuman que es su medio; y yo con la gente de jujuy y Esteco, por la dicha ciudad de Salta, que es la otra parte del valle" (Larrouy 1927:414).

Interrogantes sin respuestas

La aproximación a las fuentes escritas surge por la búsqueda de alguna respuesta u orientación a los numerosos interrogantes planteados en las investigaciones arqueológicas que venimos realizando tanto en el valle del Cajón (vecino occidental del Santa María, en la provincia de Catamarca) como en el valle de Amblayo (vecino oriental del Calchaqui, en la provincia de Salta) (2). Ambas regiones presentan características similares: grandes extensiones de terrenos destinados a la agricultura, sitios incas adyacentes a las zonas de producción y abundante cantidad de material cerámico santamariano -en superficie- en recintos ubicados de manera dispersa entre los cuadros de cultivo.

Estaríamos frente a dos enclaves estatales de producción de alimentos. Las preguntas que nos hacemos están vinculadas a la relación entre la población local y los estados invasores, primero con el inka y luego con el español. Por ejemplo si ¿las parcialidades o naciones residentes en los Valles Calchaquíes eran las encargadas de cumplir con la mit'a en estos centros incaicos? Pero, fundamentalmente, y esto es lo que esperábamos dilucidar a través de las fuentes ¿qué ocurrió luego de la caída del Tawantinsuyu? ¿Son mencionados estos valles -El Cajón y Amblayo- directa o indirectamente en los papeles coloniales? ¿cumplieron algún rol -fuente de recursos o de refugio- en la resistencia indígena?

Estas y otras cuestiones nos impulsaron a leer crónicas, cartas anuas, documentos oficiales, memoria de los gobernadores, y probanzas de méritos y servicios que abarcan el período entre 1543 a 1665, es decir desde primeras entradas hasta la desnaturalización de los calchaquíes. Por el momento, no hemos encontrado ninguna referencia, indicio o mención que nos acerque respuestas a alguno de los interrogantes planteados. Sin embargo, hemos reunido una serie citas que nos permiten reconstruir las actividades agrícolas de los grupos locales, obtener información sobre los productos cultivados o recolectados y sobre aquellos que fueron adoptados luego de su introducción por los españoles.

En este trabajo se trató de articular y complementar la información surgida de las fuentes históricas con la proporcionada por el registro arqueológico y con el resultado de las aproximaciones etnoarqueológicas sobre prácticas actuales agrícolas y de recolección en la región valliserrana del Noroeste.

Fuentes Etnohistóricas

Las informaciones sobre los Valles Calchaquíes están condicionadas por el estado de resistencia permanente que a lo largo de 130 años impidió una relación estrecha y regular entre la población nativa y los españoles. No existen visitas ni padrones donde se consignen datos sobre producción, territorialidad o costumbres; y los dispersos datos etnográficos hay que rastrearlos entre las cartas e informes provenientes de las campañas militares que se realizaron para someter a estas poblaciones. (Lorandi y Boixados 1988:266).

Además, hay que tener en cuenta que la labor de los evangelizadores fue discontinua y, como consideraban a los Indios de Calchaquí como "una nación sabia y prudente" (Fray Melchor 1658) y "gente de tanta razón como" los del Perú (Sotelo Narvaez 1583) tampoco se explayaron describiendo costumbres que pudieran resultar extrañas a conquistadores y misioneros.

La Compañía de Jesús enviaba periódicamente misiones al valle. El primer jesuita que entró fue el padre Alonso de Bárzana en 1589 acompañando al gobernador Juan Ramírez de Velasco y años después en 1601, lo hicieron los padres Juan Romero y Gaspar Monroy quienes realizaron el primer intento de evangelización. Por esta misma época vivió en estas tierras del Noroeste, el padre Nicolás del Techo, cronista de la provincia del Paraguay de la Compañía de Jesús. No conoció el valle de Calchaquí pero ensayó la primera síntesis de la cultura de sus habitantes, en base a los escritos y noticias de sus compañeros de orden. En 1643 se fundan dos residencias estables que permanecieron hasta 1658, en que fueron destruidas al iniciarse la rebelión promovida por Pedro Bohorquez. Las cartas anuas donde los jesuitas relataban la obra desarrollada fueron dadas a conocer por el Padre Leonhardt, en publicaciones del Instituto de Investigaciones Históricas "Dr. Emilio Ravignani" de la Facultad de Filosofia y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

De la lectura de estas cartas obtuvimos sólo algunas noticias dispersas. Nos resultaron útiles las escritas por los padres Alonso de Bárcena (1594), Juan Dario (1611), Diego de Torres (1611) y Pedro de Oñate (1616). Pero, fueron esenciales tanto la Relación Histórica Calchaquí, escrita por el padre Hernando de Torreblanca en 1696 y publicada por el Archivo General Nación (1999), como una carta anua de 1653-54 encontrada por Francisco de Aparicio en la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro y dada conocer en 1951.

Otro documento que nos resultó de interés fue la Relación de las Provincias de Tucumán escrita hacia 1583 por Pedro Sotelo Narváez, vecino de Santiago del Estero.

También consultamos las "Series documentales" editadas por Levillier en volúmenes de la Biblioteca del Congreso Argentino. Las Probanzas de méritos y servicios de los conquistadores [1548-1583] publicadas en 1919-1920, en especial las referidas a Juan Núñez de Prado, fundador de la ciudad de El Barco, nos acercaron información sobre el tema investigado.

Entre las numerosas Cartas de los gobernadores escritas con el propósito de informar a la corona. Contemporáneas a los sucesos que relatan publicadas por Larrouy en 1927, rescatamos la del Obispo de Tucumán Lucas de Figueroa y Maldonado y las cartas del gobernador Felipe de Albornoz.

Por último, encontramos datos también en los Partes y autos de guerra del gobernador y capitán general don Alonso de Mercado y Villacorta, producidos por la guerra calchaqui entre 1659 y 1670. Documento del Archivo de Indias (Sevilla) Sección V. Audiencia de Charcas.

El valle de Calchaquí

Los Valles Calchaquíes conforman un sistema integrado de dos valles sucesivos (el Calchaquí al norte y el Santa María al sur) con cuencas hídricas independientes. Los ríos principales se denominan como sus respectivos valles y corren en direcciones opuestas, uniéndose en un punto central, cercano a la localidad de Cafayate.

Hacia el occidente, los valles bordean la puna y por el oriente están aislados de las llanuras occidentales por una sucesión de altas cadenas montañosas (como las Cumbres Calchaquíes y los Nevados del Aconquija que se elevan por encima de los 5000 m sobre el nivel del mar) y que conforman un sistema cerrado que entorpeció todos los esfuerzos que hicieron los españoles por conquistarlos.

Dos características son resaltadas reiteradamente por los europeos desde los primeros intentos de ingresar al valle. La primera es que se trata de tierras fértiles donde se practica la agricultura y así lo afirman, entre otros, el padre Darío "La provincia de Calchaquí que está como a 40 leguas de San Miguel está en un valle muy fértil, aunque llueve en él muy raras veces tiene muy buen temple había en ella nueve o diez mil almas infieles",(3) Sotelo de Narváez "la tierra que siembran, que es mucha, de los dichos valles [es] extrañamente fructífera" (4) y el obispo Cortazar: "tiene de distrito 30 leguas poco mas o menos hay en el mas de 15 mil almas, es muy fértil para sementeras, y así los indios son grandes labradores".(5)

El segundo aspecto en que coinciden los conquistadores es en la dificultad de acceder a estos valles que calificaron prácticamente de "inaccesibles". Los gobernadores y capitanes generales valoraron el encierro en su verdadera dimensión. Los Valles Calchaquíes conforman un espacio de difícil acceso desde el exterior y de fácil defensa desde su interior, y así lo manifestaron todos. Por ejemplo, el gobernador Don Alonso de Mercado sostiene que

"En el valle de Calchaqui de esta provincia pues es un espacio fértil, defendido por todas partes, e inaccesible, asperezas de montañas, en donde se ha conservado sin sugestión, ni reconocer obediencia, el numeroso gentío de indios" (Mercado y Villacorta 1659-70).

También el gobernador Lucas de Figueroa y Mendoza, en su informe de 1662 detalla lo dificultoso que resulta para los españoles entrar en este valle:

"porque sus tierras son valles templados, muy fértiles e inaccesibles por los cerros que lo rodean, que para ellos todos son llanos y naturales, y para los españoles son siempre escabrosos y destemplados por sus nieves, inaccesibles por naturaleza" (Larrouy 1927:245-246).

Pero los calchaquíes además supieron aprovechar exitosamente -al menos durante 130 años- las ventajas que les ofrecía la naturaleza, agregándole espías, piedras y flechas a los intentos coloniales. Felipe de Albornoz en 1631 que dice que, además de las dificultades propias del terreno "las veredas y pasos estrechos, hallámoslos todos cerrados con grandes piedras" (Larrouy 1927:414).

En el mismo informe de 1662, el gobernador Lucas de Figueroa y Mendoza, agrega

"Tiene el valle cuatro entradas, tan escabrosas que hay partes a donde es imposible la marcha; estórbala el estrecho de las serranías y montes, por donde no puede pasar sino un solo soldado y tal vez a pie y valiéndose de pies y manos para subir y marchar. El enemigo conoce nuestros intentos por sus indios espías, que los son hasta los domésticos nuestros, y alcanzando nuestro designio pocos flecheros por los cerros nos impiden la entrada, la cual no nos es franca en todos los tiempos del año (Larrouy 1927:254, destacado nuestro).

Los indios de Calchaquí

Durante años, todos los esfuerzos para ocupar los valles Calchaquíes, se estrellaron contra una feroz resistencia indígena. Resistencia que solo permitirá la instalación de ciudades en el cinturón exterior de los valles, desde donde se ejercía una jurisdicción solo teórica sobre las mismas. (Lorandi 1985:253). En el interior, existían una multitud de grupos y/o parcialidades de distinta amplitud territorial y demográfica. La designación de parcialidad fue aplicada de manera ambigua tanto a jefaturas como a subdivisiones de las mismas y nació de las dificultades que tuvieron los españoles para identificar las unidades políticas, dado el bajo nivel de articulación jerárquica interna que se observaba en ellos. La multietnicidad que caracterizó a los Valles Calchaquíes se vio acrecentada por la incorporación de mitimaes incaicos, muchos de los cuales permanecieron en sus asientos luego del colapso del Tawantinsuyo (Lorandi 1985, Lorandi y Boixados 1988).

Sotelo de Narvaez los presenta como:

"Es una gente Diaguita belicosa, vestida y de más razón que la de los llanos; visten camisetas muy largas, no traen mantas por hallarse más sueltos para la guerra. Son para mucho; grandes corredores y trabajadores" (Sotelo de Narváez [1583] 1885)

En 1616 el padre provincial Pedro de Oñate manifiesta las dificultades en establecer comunicación con los Indios de Calchaquí que no sólo están en permanente conflicto entre sí, sino que además huyen del español como de su peste:

"Es calchaquí un valle muy fértil habitado por unos Indios feroces que nunca han consentido entre sí españoles, porque huyen de ellos como de su peste, y perdición son muy inclinados a las guerras y así fácilmente las tienen entre sí".(Cartas Anuas IX. Tomo XX:1929).

Los sucesivos gobernadores del Tucumán dictaron ordenanzas que reglamentaban, entre otras disposiciones relativas a la población indígena, de qué manera las poblaciones indígenas debían cumplir con la mita al encomendero. Pero los Indios de Calchaquí vislumbraban qué se escondía detrás de las legislaciones coloniales: "y ansí dicen que no quieren paz ni amistad con el español porque ésa no los ha de hacer iguales, sino esclavos viles de libres y señores" (Lucas de Figueroa y Mendoza [1662] en Larrouy 1927: 245).

Las encomiendas que se reparten nunca se hicieron efectivas y los beneficiados no disfrutaron de las prestaciones esperadas (Lorandi 1988). Así lo confirman cartas de 1631 escritas por gobernador Felipe de Albornoz:

"[Hay] pueblos encomendados a vecinos de las ciudades de San Miguel de Tucumán y Salta que de ninguna manera acuden a sus encomenderos con los tributos, ni vienen a la mita, sino es entrando por ella con apercibimiento de armas y golpe de gente, por ser toda la de este valle flechera y briosa" (Larrouy 1927:57)

."Atento a la rebeldía de los indios que por estar entre sierras y lugares fragosos gozaban de su libertad sin poderlos sujetar a la contribución ni tasas ni demás servicio personal permitido por ordenanzas" (Larrouy 1927:411)

También la Compañía de Jesús vio frustradas sus expectativas. Más allá de la relativa estabilidad de las misiones levantadas en Santa María y San Carlos, los misioneros jesuitas sufrieron "muchos oprobios, respondiendo a esto con vida evangélica y apostólica, cargando ellos muchas veces el agua y la leña," cuando "la devoción de los fieles [no] los socorría".(6) Una carta del obispo de Tucumán Fray Melchor de Maldonado dirigida a Su Majestad, fechada en Córdoba en septiembre de 1658 sintetiza las dificultades padecidas por los miembros de la Orden en sus intentos por evangelizar a los habitantes de "un valle de esta provincia que llaman de Calchaquí":

"Es una nación sabia y prudente en sus conveniencias. Es idólatra en sumo grado; trato y comunicación con el demonio continuo, donde la luz del evangelio nada obró habiendo tenido operarios de la Compañía de Jesús mucho tiempo. Fueron expelidos, rompieron guerra, duró quince años, arruinaron ciudades, valles, estancias, ganados, hombres y armas, y a V.M. le gastaron mucho, que por orden de los virreyes se envió de Potosí."

Lozano cita otra carta del mismo obispo, escrita un año antes donde se manifiesta aún más escéptico:

"También sé que son los mayores idólatras...dificil raíz para que repentinamente den fruto de católicos. También que no hay huacas...ni minas...y las riquezas que nos han de dar, son flechas. (tomado de Piossek Prebisch 1976. Destacado nuestro)

Los Indios de guerra de Calchaqui conservaron su autonomía mientras el resto del Noroeste era colonizado. La tenaz resistencia que opusieron, en que se alternaron combates y negociaciones, lograron retrasar su incorporación al sistema colonial hasta que fueron masivamente desnaturalizados entre 1659 y 1665.

Recursos vegetales

Para conocer aspectos vinculados a la obtención y manipulación de los recursos vegetales será necesario incorporar información proveniente de estudios arqueológicos, aproximaciones etnoarqueológicas y bibliografía especializada.

Agricultura. Tecnología y especies cultivadas

Como el resto de las poblaciones serranas andinas, los Indios de Calchaquí, practicaban una agricultura intensiva del maíz y de otras especies mesotérmicas que requieren clima templado. humedad, buenos suelos y cuidados permanentes. Para que estos cultivos fueran factibles en esta región, Raffino (1975 y 1988) considera que debían cumplirse tres principios básicos: la preservación de suelos, el regadío artificial, y la fertilización.

Para preservar los suelos, proclives a la activa erosión pluvial y eólica de la zona, los calchaquíes nivelaron artificialmente las pendientes por medio de la construcción de canchones y terrazas(7). Estos consisten en grandes superficies rectangulares y subrectangulares, delimitadas por muros que fueron levantados empleando diferentes técnicas constructivas y que, en muchos casos han sido subdivididos interiormente por una o dos hileras de piedras (que los actuales pobladores denominan "melgas") creando de esta manera subniveles de aterrazamiento. Entre los cuadros de cultivo solían ubicarse recintos que se empleaban como unidades domésticas(8). En los Valles Calchaquíes las zonas de producción se instalaron en lugares con pendiente en terrazas fluviales, abanicos aluviales y conos de deyección.

El segundo principio enunciado por Raffino (1975 y 1988) es el regadío artificial mediante la conducción controlada por acequias del agua de avenida (9). Esta captación se realizó mediante canales muy bien construidos, capaces de transportar grandes cantidades de líquidos, acorde a las exigencias de una agricultura intensiva que se desarrolló durante la época estival. En el sitio de Quilmes existe una represa de 7000 m3 de capacidad. Una vez almacenada el agua, era distribuida por un sistema de canales y acequias aprovechando la gravedad.

En los papeles coloniales encontramos breves menciones acerca de la existencia y del uso de canales de riego: "Siembran con acequias de regadío" (Sotelo de Narváez [1583] 1885). El gobernador Albornoz en 1630 ofrece más detalles:

"Es todo el valle de Calchaquí aunque angosto en algunas partes, de lindo terreno y frutos para todo género de sementeras, con un río que le atraviesa y algunas vertientes de la sierra de que se valen para sus riegos por estar alzadas las aguas por todo el año (Larrouy 1927:58).

En una carta del obispo de Tucumán, don Julián Cortazar al rey de España, fechada en Salta en 1622, se advierte cómo los calchaquíes supieron utilizar el agua como un instrumento de guerra, procurando reducir por sed a los enemigos:

"un lugar llamado los Tolombones no halle indios ninguno porque todos ellos, sin que quedase alma ninguna en el lugar se fueran a los cerros quitándome la agua, cerrando la toma de la acequia que en este valle no hay otra que la que viene por acequias, y tiene cada lugar la suya, para que con la falta de agua pereciéramos todos" (Jaimes Freyre 1915. Destacado nuestro)

Murra (1978) para Andes Centrales, considera que a nivel local, el curaca y otros señores de menor categoría supervisaban la distribución del agua. Cada unidad doméstica dentro de la zona irrigada tenía derecho a una cuota de agua y recibía llegado su turno. Es probable que en los Valles Calchaquíes ocurriera algo similar. (10)

Finalmente, el tercer principio de la agricultura de estas regiones es la fertilización de los suelos, No encontramos en las fuentes escritas menciones acerca del uso de algún tipo de abono, pero siendo el maíz una planta que necesita nitratos es probable que se empleara algún fertilizante. Murra (1978) reúne varias citas de cronistas donde se asegura que su uso era indispensable: Garcilaso: si se podía contar con agua y abonos las chacras de maíz eran "como una huerta"; Cieza: "si dejan de echar ese estiércol cogen muy poco maíz" (se refiere al guano que era especialmente llevado de las islas de la costa del Pacífico a las sierras). Garcilaso y Guamán Poma sostienen que para el maíz se utilizaba excremento humano y Cobo que los fertilizantes fue una de las cosas que los españoles aprendieron del Perú. Para Raffino (1988) el abono que probablemente se empleó en estos valle haya sido el guano de camélido.

Especies cultivadas

Torreblanca consideraba que: "los Indios Calchaquíes son más próvidos que otros, porque no se contentan con maíz solo, sino trigo y cebada y legumbres, papas, quínoa, algarroba"(1999:88. El destacado nuestro responde a los productos autóctonos). La arqueología, por su parte, registró la existencia de especies como maíz (Zea mays), quinoa (Chenopodium quinoa), poroto (Phaseolus vulgaris), papa (Solanum tuberosum) oca (Oxalis tuberosa), zapallo (Cucurbita sp) y pimiento (Capsidum sp).

Prácticamente todos los productos pudieron ser reducidos a harinas. El maíz podía ser consumido como choclo y como mote, convertirlo en harina o preparado como una bebida que los españoles denominaban chicha. El relato de las experiencias del padre Dario en Misión Calchaquí en 1609, nos ilustran brevemente acerca de las comidas:

"Tuvimos ambos [los padres Horacio y Dario] unas camadas con algunas calenturillas causadas de las comidas que eran de mot (que es maíz) cocido y tostado; papas, porotos y yerbas y muchas veces las traían frías y sin sal y así comíamos y nos hicieron mal al principio de manera que nos pasamos ambos muy flacos y descoloridos, y para reparo y regalo no había otras comidas. Ahora hay regalo, que hay zapallos tiernos, choclos y papas, y algunos huevos de cuando en cuando y alguna harina de trigo, con que nos hacen alguna tortillas y así no padecemos hambre (Cartas Anuas. Vol I.1920:75).

Las papas, con sus centenares de variedades y otros tubérculos como el ulluco y la oca se pueden conservar como chuñu, congelándolas y secándolas, facilitando así su conservación y transporte. Sólo un grano, la quínoa está asociada con los tubérculos de altura. Sus semillas y hojas son utilizadas como alimento y para elaborar una bebida (Murra 1978).

La recolección

Los frutos del chañar (Gourliea decorticans)y del algarrobo (Prosopis sp) (11) son los únicos recursos vegetales objeto de recolección que hasta el momento hemos encontrado mencionado en las fuentes. Una carta del padre Alonso de Barzana al padre Juan Sebastián, su principal de la Compañía de Jesús, fechada en Asunción del Paraguay en 1594, resulta una invalorable fuente de información:

"El modo de vivir de todas estas naciones es el ser labradores. Sus ordinarias comidas son maíz, lo cual siembran con mucha abundancia; también se sustentan de grandísima suma de algarroba, la cual cogen por los campos todos al tiempo que madura y hacen de ella grandes depósitos; y cuando no llueve para coger maíz [o] el río no sale de madre para poder regar la tierra, pasan sus necesidades con esta algarroba; la cual no solo les es comida, mas también hacen de ella bebida, tan fuerte, que nunca hay más muertes ni guerras entre ellos que mientras dura el tiempo de la algarroba. En estos mismos tiempos de ella ha procurado nuestra Compañía irse con ellos cuando la van a coger [y] ha catequizado y bautizado en aquel tiempo muchos infieles en el mismo monte de algarroba y confesado y predicado y hecho nuestros ministerios".

El padre Bárcena sostiene, al igual que otras fuentes, que todos concurren a recoger la cosecha. En esta actividad no sólo participaban  los miembros de la comunidad sino que además congregaba a muchas parcialidades; era época de intercambio de bienes y mujeres así como de rituales y conflictos (12). La carta anua de 1653-54 agrega que ésta era la ocupación más importante

"la algarroba la última sazón, el año que la hay, a cuya cosecha concurre todo el valle, con más solicitud que a la vendimia en Europa, porque de ella sustentan todo el año desatinadas borracheras convertidas en chicha que beben a todas las ocasiones y con público concurso, estimando éste como principal empleo y todas las demás ocupaciones como accesorias." (Aparicio, 1951:61.Destacado nuestro).

La cosecha del algarrobo fue un espacio de la cultura prehispánica que se mantuvo entre los pueblos del noroeste hasta entrado el siglo XX (Noli 1999). Boman (1991) también advirtió que los campesinos santiagueños priorizaban "el tiempo de la algarroba" abandonando trabajos en la industria azucarera. Mercado (1951) describe una "Algarrobiada", o sea la antigua práctica de cosechar colectivamente los frutos de este árbol en el noroeste de La Rioja. Cuenta que los participantes alistaban su equipaje para varios días de campo. Emprendían la marcha formando largas caravanas seguidas por sus perros. Improvisaban un campamento y mientras las mujeres mayores, ayudadas por las niñas preparaban la comida para el mediodía, los niños subían a los algarrobos y sacudían sus ramas para que cayeran las vainas, que luego se guardaban en costales. De regreso, se dejaba secar la algarroba y se iniciaba la molienda.

El "Arbol", como aún se denomina a esta especie en el Noroeste argentino, tenía una significación especial para estos pueblos debido a la cantidad de productos que de él se obtenían: la madera (para instrumentos o herramientas), leña (para cocinar, hacer cerámica y fundir metales), una tintura, la aloja o chicha (indispensable acompañando el trabajo agrícola y en los rituales), el patai (una especie de masa dulce hecha con el fruto pulverizado) y fundamentalmente, se transformaba en un recurso crítico cuando las cosechas de maíz eran malas o insuficientes.

Por su parte, con el fruto del chañar se prepara actualmente el arrope, una especie de jarabe que es muy apreciado por su acción terapéutica contra la tos y las afecciones respiratorias, pero que también es empleado como postre. La madera de chañar se usa para postes y cercos y se obtiene una tintura color café.

Complementariedad entre distintas zonas de producción

Pedro Sotelo de Narváez describe en su Relación ([1583]1885) el siguiente panorama que nos permite, junto con la información arqueológica (Tarrago y Nastri 1999) y la etnohistórica (Lorandi y de Hoyos 1995) suponer que los Indios de Calchaquí habían implementado mecanismos de complementariedad de recursos, de manera similar a otros pueblos andinos, aprovechando la cercanía de diferentes pisos ecológicos y de esta manera tender hacia la autosuficiencia:

"tienen partes fragosísimas donde siembran. Es tierra muy abundante de papas -papas son como turmas de tierra, que se siembran-; maiz, frijoles y quinoa, zapallos, trigo y cebada y todas legumbres, algarroba y chañar; y tienen la puna, que es el páramo, cerca, donde tienen gran suma de caza de guanacos, vicuñas y tarugas y otras muchas cazas". (Relaciones Geográficas:148)

La faja ecológica en que está asentada la zona de producción agrícola está ubicada entre los 1800 m y los 3500 m sobre el nivel del mar. Dentro de la misma podemos considerar dos niveles ya que a partir de los 2500/3000 m se reducen las posibilidades de cultivo de los cereales (y del resto de los cultivos mesotermicos ya enumerados), y aumenta la presencia de tubérculos como el ulluco, la oca y algunas variedades de papas. El riego es uno de los factores que hace posible elevar el límite superior del cultivo, pero se usó rara vez en el caso de las papas y demás cosechas serranas. Garcilaso sostenía que, donde no llegaba el riego las especies cultivadas eran justamente "papa, oca y añus". Son más resistentes al frío y necesitan menos humedad.

La quínoa acompaña a los tubérculos en las zonas más altas. Es un pseudocereal que se adapta a la perfectamente a altura y soporta grandes amplitudes térmicas.

Por encima de los 3500m, los calchaquíes desplegaban actividades que se relacionaban con los animales, ya sean salvajes: la caza de guanacos, vicuñas y venados, como domésticos: el pastoreo de las llamas. Los "carneros de la tierra" constituían una de las principales fuentes de recursos de estos pueblos ya que los proveían de carne, lana, abono, huesos para confeccionar instrumentos y eran empleados para carga. Contaban, indudablemente con importantes prados donde apacentarlas. En la actualidad, el pastoreo de cabras y ovejas es una de las actividades económicas fundamentales de estos valles y si bien el ganado europeo no refleja necesariamente la etología del camélido americano se pueden identificar ciertos ciclos de trashumancia. En noviembre, con las primeras lluvias los pastores actuales bajan hasta las mesadas entre los 2300 m y los 2900 m, donde permanecen hasta mayo. En esa época remontan hasta los ciénegos localizados entre los 3000 y 3300 m. En septiembre, cuando el pasto comienza a escasear, los pastores se ven obligados a subir aún más en busca de vegas que sostengan al ganado hasta que comiencen las lluvias (Sanz de Arechaga 1949). Probablemente, como sostiene Murra (1978) que ocurre en el área andina central, los pueblos calchaquíes tuvieran pastores especializados.

La zona ecológica más baja, es la que abarca desde el lecho de los ríos Calchaquí y Santa María hasta los 2500 m donde se desarrollan actividades de recolección: algarrobo, chañar, el mistol (Zizyphus mistol) que, como ya dijimos, aportan frutos (para bebidas y alimentos diversos), madera para carpintería y leña, y se emplean como medicina y tintóreos.

Es indudable que debieron existir otros recursos vegetales que fueron empleados por los calchaquíes, de los que aún no encontramos referencias en la bibliografía. Probablemente, emplearían yuyos medicinales como la chachacoma, paica, cedroncillo o arcayuyo al igual que los actuales habitantes de los valles que suben hasta áreas de pre-puna para recolectarlos. También usarían medicinas o narcóticos provenientes de las yungas orientales, de donde, además, se aprovisionarían de maderas para fabricar arcos y flechas. Sobre este tema, encontramos dos breves comentarios: uno de Piossek Prebisch (1976:157) que dice que "Por Talavera de Esteco se había visto pasar doscientos calchaquíes rumbo al Chaco y regresar con veinte lanzas cada uno y calabazas para pingollos de guerra" y esta misma autora transcribe la declaración del curaca Luis Aballay a Francisco de Nieva y Castilla (1658) donde este cacique sostiene que Pedro Bohorquez había reunido a los caciques y les había pedido "que trabajasen y sirviesen al español, mientras se pertrechaban de armas, era para entretener al español, y que en ese tiempo se harían en Tafí dos mil arcos y lanzas para su defensa" (Piossek Prebisch 1976:177)

Introducción de cultígenos europeos

Los Indios de Calchaqui adoptaron los productos agrícolas europeos temprana y rápidamente. Esta incorporación adquirió características especiales ya que, como vimos, los indígenas mantenían una situación de resistencia respecto a la colonia española y por lo tanto, la introducción no fue forzada. Es decir, estos grupos conservaban intacta su capacidad de decisión y optaron libremente por determinados productos que convenían a sus intereses.

Miguel Angel Palermo en su trabajo Innovación agropercuaria en el mundo indígena colonial de la Argentina (1990) sostiene que si bien los calchaquíes eran autónomos "no estaban al margen de la economía regional" y que desde las primeras fundaciones hispánicas se inicia una intensa difusión de cultivos y ganados de Castilla.

En la enumeración de Torreblanca aparecen las especies adquiridas: "y los indios calchaquies son más próvidos que otros, porque no se contentan con maíz solo, sino trigo y cebada y legumbres [?], papa, quínoa y algarroba" ([1696] 1999).

Ya en 1583, Pedro Sotelo de Narváez destacaba la presencia de estas especies:

"Cógese en esta tierra trigo y maíz, cebada y mucha cantidad de frijoles y dáse todo lo de Castilla, por la experiencia que se tiene de haber estado en esta tierra poblado un pueblo de españoles más de cuatro años y se despobló por mal gobierno (1885:147)

El conocimiento de los nuevos cultígenos pudo haber sido consecuencia de diversas situaciones de contacto directo o indirecto. Una de ellas, por ejemplo, cuando en 1549 Nuñez de Prado funda Barco (en el actual departamento de San Carlos) quedándose ocho meses en esa región, muy cercana a la juridicción de tolombones, pacciocas y colalaos. Durante la permanencia distribuye entre los caciques semillas de trigo y maíz En su Probanza de méritos y servicios, los testigos coinciden en que

"Hizo meter en ella pasadas dos mil hanegas de maiz e de trigo y entrando el mes de agosto que es el tiempo que los naturales siembran las primeras sementeras hizo que todos sembrasen e para ello les dio a todos los indios caciques principales de los que habían venido de paz para con que hiciesen las dichas sementeras" (Levillier 1919/20:75. Destacado nuestro).

También los productos pudieron adquirirse cuando algunos grupos fueron temporariamente dominados, o mantuvieron relaciones cordiales con españoles que luego derivaron en conflictos:

"tienen ganados de Castilla, de los que tomaron cuando los mataron e hicieron despoblar" (Sotelo de Narváez [1583] 1885); o por vínculos con indios encomendados: "El enemigo conoce nuestros intentos por sus indios espías, que los son hasta los domésticos nuestros" (13)(Larrouy 1927:147) y por prestaciones de servicios temporarios como en ocasiones de ser encomendados en la época del gobernador Albornoz y en la de Ramínez de Velasco como relata el padre Diego de Torres(1611): "Habrá treinta años que salen algunos indios varones a servir a las ciudades de San Miguel y Salta" (Cartas Anuas, II, 1920:75).

Los cultígenos europeos más citadas por las fuentes son el trigo y la cebada. También se nombra genéricamente "legumbres" sin especificar si se trata de especias americanas o europeas (Palermo 1990). El trigo es un cereal que se adapta a muy distintas condiciones climáticas y ofrece mayor resistencia a las heladas que el maíz. Puede utilizarse para la fabricación de harinas, ("y alguna harina de trigo, conque nos hacen alguna tortilla" (Carta Anua, 1906. Vol I), y la paja y gluma se usa como forraje para el ganado.

La cebada, por su parte, se destina actualmente a la alimentación animal y a la fabricación de cervezas. Presenta exigencias menores al suelo, su período vegetativo es más corto y requiere menos de un tercio de las jornadas de trabajo necesarias para el maíz y un quinto de las requeridas para la papa. (Blum 1995). Es de menor contenido proteico que el maíz pero es probable que durante la colonia se consumiera mezclada con otros cereales o con papas como lo hacían los araucanos (Palermo 1990).

Ambos cereales pueden almacenarse y tienen la ventaja de no interferir con el cultivo del maíz ya que se alternan en el calendario agrícola permitiendo continuidad en la producción cerealera a lo largo del año. Palermo considera que coincidieron una serie de factores para que estas nuevas especies prosperaran: un medio ambiente favorable donde la presencia de las mismas no interfería con la tierra destinada a la subsistencia, su implementación no exigió tecnología o mano de obra excesivamente especializada, y se complementaban ventajosamente en el ciclo agrícola con las especies ya existentes (Palermo 1990). Además, en nuestros trabajos etnoarqueológicos advertimos que el trigo puede instrumentarse en ecosistemas donde el maíz resulta muy vulnerable.

Con respecto a las legumbres, no se conocen referencias acerca de las habas, que actualmente se encuentran muy difundidas en el Noroeste. Suponemos que debieron adoptarse con la misma rapidez que los cereales ya que poseen también ventajas: almacena nitrógeno del aire y por lo tanto se lo considera "promotor de la fertilidad del suelo"(Blum 1995). Actualmente se lo cultiva bajo riego junto con el maíz, y en rotación de cultivos en campos de secano.

Con respecto a la incorporación del "ganado de Castilla" suponemos que las dificultades surgidas de la falta de forraje adecuado fue el motivo que la adopción de caballos y vacas fuera limitada. Torreblanca señala en junio de 1659 que los 4000 caballos de Mercado y Villacorta sólo pudieron tener "forraje en abundancia en los rastrojos de las sementeras de maíz que [los indios de Tolombón] acababan de coger" por lo tanto "entraron en consulta de guerra, y se resolvió que volvieran al puesto de Tolombón" (Torreblanca 1999:68).

El uso del caballo sólo aparece mencionado refiriéndose a indios amigos de los misioneros o al servicio de los españoles, como en la Fiesta de la beatificación de Ignacio en el valle de Huachipas donde desfilaron indios hauchipas y calchaquies: "hubo muchas carreras de caballos a la redonda de la Iglesia de indios y tres o cuatro españoles que había" (Padre Diego de Torres. Carta Anua III. 1920)(14). Además de juegos de sortija y pato.

Por último, podemos considerar a las palabras del obispo Maldonado en la carta dirigida a Su Majestad fechada en Córdoba el 13 de septiembre de 1658, como una evidencia de que los calchaquíes no estaban al margen de la economía regional:

"La paz que hemos gozado desde el año de treinta y cinco que estribaba en dejarlos en sus valles, y que enviasen una misión voluntaria a las ciudades circunvecinas, y que saliesen cuando y como querían a arrear mulas y vacas al Perú, Salta, Potosí. En esto ya estaban engolosinados y traían sus emplegüelos." (En Larrouy 1927:202. Destacado nuestro).

Actividades agrícolas: secuencia y protagonistas

Los españoles advirtieron que la recolección del maíz era el momento culminante del ritmo vital de los pueblos serranos y, teniendo en cuenta la importancia que tenía esta actividad para la supervivencia de las comunidades indígenas, era el período elegido para emprender las operaciones militares. Los documentos históricos registran en esa época los más encarnizados encuentros entre españoles y calchaquíes.

Torreblanca cuenta en su Relación que, antes de iniciarse la primera campaña al valle, aconsejó al gobernador comenzarla en la estación invernal, en contra de las opiniones de todos los capitanes que decían que en verano había "más comodidad de pastos", recurso esencial tanto para la caballería como para la "tropa de mil vacas" que iban a servirle de alimento durante la expedición. Así lo relata el jesuita:

"Preguntóme [el gobernador Mercado y Villacorta] que ¿cuándo entraría, si en invierno o en verano? Porque los vaqueanos decían que en verano había más comodidad de pastos. Y le dije que, si no quería sino dejar las cosas en estado peor, era muy a propósito entrar en ese tiempo; porque, de entrar en ese tiempo, los indios se suben a los altos, tienen la caza, y algunos hubiera que, prevenidos sembrarían aunque poco, y tendrían [a] qué echar mano, y no dejarían de haber retirado sus bastimentos de maíz y trigo, conque tuvieren sustento. Su Señoría se estaría en el valle, y ellos no parecerían; sino que le harían mucho daño, hurtándoles las mulas y caballos y haciendo todo el mal que pudiesen y volviéndose a sus asperezas.

Que entrando en el corazón del invierno, hallaría a los Indios en sus pueblos: porque aunque ellos pueden sufrir el rigor del invierno, las mujeres y la chusma no; sino que habían de perecer, faltos de leña, en aquellos páramos. Lo otro, que actualmente [mayo de 1659] estaban en las cosechas de maíz y no podían salvar los bastimentos subiéndolos a la montaña (Torreblanca [1696] 1999:66).

El informe del gobernador Lucas de Figueroa y Mendoza "sobre lo que obraron sus predecesores" entre ellos Alonso de Mercado, escrito en Tucumán en 1662, relata el mismo suceso pero, para nuestros propósitos, incorpora mayores precisiones:

"Con los riesgos dichos, se ha de entrar al valle para damnificarlos y rendirlos o por el mes de noviembre en que comienzan a coger los frutos de sus sembrados y semillas tempranas, y estar dentro del valle hasta abril que acaban de coger todo el grueso de sus sementeras, y quitándoles el sustento es fuerza que se rindan por que en las cordilleras no tienen frutos algunos que los sustenten, ni a sus chusmas ni familia; ni pueden socorrerse de otra parte alguna. Puede también entrarse al valle por mayo cuando comienza el invierno por que no esperando nuestras armas en lo llano se retiran con sus chusmas a los cerros donde la hambre y frío pelea por nosotros" (Larrouy 1927:254. Destacado nuestro)

Insiste el gobernador en que el éxito de la campaña dependería de quién llegara primero a las cosechas:

"pero la mayor conveniencia para nuestro campo será entrar al valle por noviembre por que quitándoles sus frutos con ellos se sustentarán nuestros soldados y Campo. Y si ellos primero lo recogen, lo entierran y esconden tanto que burlan el mayor desvelo nuestro, y no puede dárseles alcance a un solo grano de trigo, cebada, maíz" (Larrouy 1927:64).

La carta anua relativa a la Misión de Calchaquí, correspondiente a los años 1653-54 que diera a conocer Aparicio, es una descripción única y de primera mano acerca de la vida cotidiana de estas comunidades poco antes de la llegada de Bohorques y ya en las postrimerías de su existencia. Esta carta nos permite obtener información acerca de cuándo y qué se sembraba, cómo era el calendario de actividades, quiénes realizaban las diferentes tareas y dónde las desarrollaban.

"Los meses de julio y agosto comúnmente se aplican los varones a limpiar la tierra beneficiándola para sembrar en ella algún trigo, que siempre es en cantidad muy poco. Concluida esta sementera se acogen a los cerros más altos y bosques más cerrados, donde el arco y la flecha, les da con la caza, todo el invierno suficientes viandas, mientras que las mujeres y muchachos de menos fuerzas y destreza para cazar se quedan en sus chozas a regar y cuidar de los sembrados. En octubre y noviembre, compuesta algún tanto la tierra necesaria, arrojan en ella los maíces y, éstos sembrados, se vuelven a sus casas, hasta que sazonado el trigo por enero, le siegan, en que los coge detenidos febrero cuyos soles dan a la algarroba la última sazón, el año que la hay, a cuya cosecha concurre todo el valle." (Aparicio, 1951:61. Destacado nuestro)

El jesuita de la carta anua de 1653-54 habla de "limpiar la tierra", otro jesuita, Torreblanca, nos cuenta cómo: cuando el gobernador Mercado y Villacorta "repechó la primera cumbre [valle de Choromoros] de donde se descubre el valle todo, y los sitios de los pueblos. Y luego descubrieron los Indios Tolombones como actualmente están los Quilmes rozando y quemando para sembrar trigo (Torreblanca [1696] 1999:124. Destacado nuestro). Actualmente en el Noroeste, en el mes de agosto, se prende fuego a los campos para destruir los "pastos duros", luego se retiran las cenizas y se comienza la preparación: se riega varias veces, se abona, y cada dos o tres días se da vuelta la tierra con la pala. Como en época de los calchaquíes, ahora se comienza con el trigo porque es más resistente a las heladas que suelen producirse en octubre, y con las primeras lluvias (15) (noviembre) se siembra el maíz.

Las tareas agrícolas se hacían en forma comunitaria y participan hombres y mujeres:

"[Los hombres] armados con sus arcos y flechas, salen al lugar de su labor donde les siguen las mujeres con sus cántaros de chicha. Llegados al puesto, a cada rato interrumpen el trabajo con un largo brindis hasta que, a cosa de las tres, dejando los instrumentos rústicos, echan mano de sus arcos y entreteniéndose con las flechas que nunca sueltan de su aljaba, se vuelven tirando por el camino al blanco que la ocasión ofrece, hasta llegar a la casa del principal curaca cuya es la heredad que se cultiva...y este es el ordinario término de los días en tiempos que se cultiva los campos" (Aparicio 1951:62).

La caza era actividad masculina tanto la caza mayor (guanacos, vicuñas y tarugas) "en los cerros más altos y bosques más cerrados", como la menor (liebres y mulitas) "que la ocasión ofrece" de regreso a casa. Los jóvenes se encargaban de regar y cuidar los sembrados junto con las mujeres que, además, se ocupan de todo lo demás:

"sin permitirles estar jamás ociosas, con tanto extremo que las obligan más al trabajo que los varones mismos. Porque desde que los tiernos años le conceden algunas fuerzas, las ejercitan ya hilando, ya tejiendo con los hilados sus mantas y vestidos, ya moliendo, no sin desmedida fatiga, a manos, el trigo, cebada, maíz o algarroba cuando faltan materiales a las ocupaciones dichas, las aplican a desherbar los sembrados, encaminarles el agua y defender sus frutos de los que pueden dañarlos y esto el tiempo que les sobre de los ministerios domésticos como son acarrear agua, leña, aderezar los manjares para la mesa y la chicha para embriagarlos" (Aparicio 1951:51. Destacado nuestro)

En relación estrecha con la molienda de granos producto de la agricultura o de la recolección se encuentran las conanas (con hoyos circulares) y las pecanas (morteros de vaivén hacia adelante o hacia atrás), todas piezas individuales y separadas del suelo. También existen "recintos-molinos" circulares, de unos 3 m de diámetro, y en su interior presentan varios conjuntos de morteros y manos (Raffino 1988).

Sostiene el jesuita en su carta, que las mujeres se ocupan también del deshierbe y el riego. El deshierbe se realiza cuando las plantas son pequeñas para que puedan crecer más fácilmente. Con respecto al riego, no encontramos ninguna mención pero es muy probable que el ciclo agrícola comenzara cuando los hombres se encargaban de limpiar y restaurar las acequias que permanecieron abandonadas durante el invierno.

Por último, la carta anua también se refiere a "defender los frutos de los que pueden dañarlo". No hallamos referencias sobre los potenciales depredadores y cómo los combatían. Suponemos que como ocurre en la actualidad, los varones jóvenes serían los encargados de ahuyentar a pájaros y zorros, empleando una honda tejida de unos dos metros de largo con la que lanzaban los proyectiles (16). Aparentemente, la lucha contra las plagas era incumbencia de toda la comunidad: uno de los primeros jesuitas dice que cuando llegaron al pueblo lo encontraron totalmente desierto porque habían ido todos los habitantes a los sembrados para espantar una enorme bandada de loros que se había lanzado sobre los maizales (Pellisero y Difrieri 1981). Otra posible plaga sería la langosta, aunque no contamos con descripciones sobre la presencia de estos insectos para el valle en la época que nos interesa, sí existen varias para el Noroeste. (17)

Murra sostiene que para garantizar las cosechas, los pueblos andinos realizaban esfuerzos considerables tanto tecnológicos como mágicos. Quiroga (1994) retoma citas de Lozano y Techo donde mencionan algunos de los conjuros que practicaban para garantizar las cosechas:

"A otros ídolos que llamaban Caijlle (veneraban los calchaquíes) cuyas imágenes labradas en láminas de cobre traían consigo, y eran las joyas de su mayor aprecio; y así dichas láminas, como las varitas emplumadas, las ponían en grandes supersticiones en sus casas, en sus sementeras, y sus pueblos, creyendo firmemente que con estos instrumentos vinculaban a aquellos sitios la felicidad, sobre que decían notables desvaríos, y que era imposible se acercase por allí la piedra, la langosta, la epidemia ni otra alguna cosa, que les pudiera dañar" (Quiroga 1994:119. Destacado nuestro).

Las varitas emplumadas (18) las rodeaban con sangre de animales sacrificados al igual que, según Techo, "roseaban los frutos nacientes con sangre de fieras a fin de que la cosecha fuera excelente" (Quiroga 1944:120). También Quiroga toma una cita del padre Guevara donde el sacerdote cuenta los sacrificios de guanacos y llamas en los templos destinados al culto del trueno y del rayo, de la siguiente manera:

"Los calchaquíes eran, al parecer, más supersticiosos al trueno y al rayo. Les adoran por dioses y les tenían levantados templos y chozuelas, cuya interior circunferencia rodeaban con varas rociadas con sangre de carnero de la tierra, y las llevaban a sus casas y sembrados, prometiéndose su virtud, contraída a presencia del numen, toda felicidad y abundancia" (Quiroga 1994:149)

Consideraciones finales

No sabemos si los Indios de Calchaquí, como algunos grupos étnicos del Area Andina Central, realizaban sus guerras únicamente cuando éstas no interfirieran con las actividades agrícolas (Murra 1978). Pero el obispo Lucas de Figueroa y Mendoza consideraba que si estos pueblos se mostraban pacíficos era porque, entre otras cosas, querían recoger las cosechas:

"pues estando obstinadamente rebeldes en lo interior solo exteriormente fingen sujeción cuando quieren recoger sus frutos y cosechas o cuando no tienen caudillo, que hallándole o hallándose con ellas, sin nueva causa de nuestra parte rompen en hostilidades, infestando las ciudades, jurisdicciones y sitios circunvecinos a sus cerros, robando, quemando y matando todo lo que encuentran, así españoles como indios y ganados y ni los sacerdotes ni iglesias se escapan a sus ira" (Larrouy 1927:244. Destacado nuestro).

Para estas sociedades complejas, la agricultura era un recurso crítico, y de eso tenían conciencia tanto los propios calchaquíes como los españoles. Entre los grupos indígenas los conflictos más comunes eran por las tierras, el agua y por la posesión del bosque de algarrobos. Las pérdidas de las cosechas los exponían a situaciones de hambre y sobre todo, de sometimiento. Un caso extremo relatado por Torreblanca, muestra la violencia del enfrentamiento entre dos grupos enemigos: los pacciocas y los quilmes:

"No dejaron los Pacciocas para otra vida la venganza, sino que tomaron por su mano mayor y fue el caso como sigue: los indios Quilmes, y demás naciones, un año de crudísima hambre, que perecían, y no tenían recurso, si no se hacían amigos de los Pacciocas, que tenían abundancia, y lo principal era dueños de San Carlos, en donde había suma abundancia de algarroba, hicieron las paces, y con estos se despoblaban los pueblos de los enemigos a coger algarroba; y venían con sus mujeres y chusma, y traían sus carneros de la tierra, sus mantas para costales, y sin cuidado ni recelo iban y venían. Los Pacciocas se previnieron de bastimento y matalotage, y se emboscaron en un estrecho que hace el río, y los pobres Quilmes iban a la deshilada sin recelo. Mataron muchos, y principalmente desbarrancaron muchas mujeres en un remanso que hace el río, y estancado: quitaronles carneros, ropa y carga. (Torreblanca 1999:80).

Como vimos, los españoles supieron aprovechar la ventaja de esta dependencia hacia la agricultura, tanto para iniciar sus campañas militares, proveerse de pasturas como para amenazarlos y controlarlos. Cuenta el gobernador don Felipe de Albornoz, cuando realizó una entrada general al Valle Calchaqui que observó a la población "pelear con tanta desesperación que hubo indios, que a falta de flechas se arrancaban del cuerpo las que tenían hincadas para tirar con ellas al enemigo" (destacado nuestro). Sin embargo, a pesar que esto daría la idea de una lucha hasta las últimas consecuencia, el gobernador encontró la forma de detenerla:

"pareció ser conveniente el talarles la comida que estaba cuatro leguas de allí, como se puse en ejecución, que eran muchas y buenas para que con este rigor entendiesen los demás pueblos, que había de pasar por lo mismo si no obedecían; y fue esto de tan gran importancia y amedrentó de tal manera los ánimos de los más levantados, que poco a poco fueron bajando de paz, sin arcos ni flechas, hasta los mismos matadores y principales convocadores del valle" (Larrouy 1927. Destacado nuestro).

Pareciera que la destrucción de los sembrados ocasionaba la derrota militar de los flecheros-labradores. Y así lo sintetiza dramáticamente Torreblanca:

"Todo esto fue pasto de las llamas; y de maíz, trigo y cebada tuvieron pienso sobrado las cabalgaduras; que vi a un pobre indio coger de entre las huellas de los caballos los granos de maíz, para tostarlos al fuego, y matar al hambre que los afligía" (Torreblanca 1999:88.Destacado nuestro)

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NOTAS

1 Instituto de Ciencias Antropológicas -Sección Etnohistoria- Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Buenos Aires. E-mail: mariadeh@infovia.com.ar
2 Para obtener información acerca de las investigaciones arqueológicas desarrolladas en estos valles, ver de Hoyos, María 1994a y b, 1999a y 1999b.
3 Padre Dario de Misión Calchaquí. Carta Anua de 1609 (1929:75)
4 Sotelo de Narváez, [1583] 1885 Relaciones Geográficas
5 Carta del Obispo de Tucumán Julián Cortazar al rey de España. Salta 16 de noviembre de 1622 en Jaime Freyre, 1915
6 Carta del obispo de Tucumán (Maldonado) a Su Majestad fechada en Córdoba 13 de septiembre de 1658 (En Larrouy:27:201-208)

7Para una tipología de esta tecnología agrícola consultar Raffino (1975:26) y Denevan 
8 Diversos trabajos se ocupan de describir las zonas de producción en los Valles Calchaquíes: Raffino (1975 y 1988), Tarragó (1974, 1984 y 1987) , Pellisero y Difrieri (1981), de Hoyos (1994a y 1999b). 
9 Murra (1978 ) considera que no es posible el cultivo de maíz sin riego en los Andes, posición que es sostenida desde cronistas como Garcilaso quien afirma que "no sembraban grano de maíz sin agua de riego" [1609] y por modernos investigadores como Blum (1995). 

10 Actualmente las comunidades se organizan por turnos para la distribución del agua de riego. En Amaicha del Valle (Tucumán) existe la profesión de tomero que es la persona responsable de abrir y cerrar las tomas mediante las cuales se encamina el agua a los distintos campos.

11 Sotelo de Narvaez (1885:147): "tienen muchos algarrobales de importancia, y entre ellos chañarales" 

12 No sólo en los Valles Calchaquíes hubo conflictos por la posesión de los algarrobales. En 1576, el gobernador Gonzalo de Abreu, promulgó una serie de ordenanzas, entre ellas, reglamentar la cosecha de la algarroba, que no obstante ser muy abundante en Tucumán, dio origen a enconadas luchas por la posesión de los bosques (Olmos, Ramón. 1957 Historia de Catamarca. Ed. La Unión).
13 Informe de Lucas de Figueroa y Mendoza. Tucumán, 20 de noviembre de 1662
14 Padre Diego de Torres 1611. Carta Anua III 1920. Tomo XIX:97/98
15 Las lluvias comienzan en octubre/noviembre pero se vuelven torrenciales en enero y febrero.
16 Con respecto a la honda, Eric Boman dice que "en Susques no hay indio que no la lleve consigo" (1991) y la describe: mide 2,15 m y está trenzada con lana de llama. La parte mas gruesa, donde se coloca en proyectil está confeccionada con hilos de lana de oveja, dispuestos de manera que se forma un dibujo en damero, y en el medio queda una hendija abierta que sirve para retener el proyectil. Se emplean piedras y se usan para cazar vizcachas y pájaros. Se utilizan también para hacer caminar a los rebaños en cierta dirección: les tiran piedras cuando se desvían del camino. En la actualidad, los jóvenes emplean las "gomeras" pero los mayores continúan dirigiendo a cabras y ovejas arrojando proyectiles con la honda de lana; que además sirve para amarrar la leña y cargarla a la espalda. 

17 Este relato fue recogido por Edmundo Temple en 1826: "Sabedor, dijo, de que la manada de langosta había aparecido en distantes partes del país (lo que hacen generalmente cada cinco o siete años) y habiendo oído que pueden asustarse con el ruido de cohetes, hice todos los preparativos para guardarme de ellas, en el caso de que llegaran aquí; hasta trasplanté tabaco desde un distancia a un lugar cercano a la casa, donde, en número de cuarenta mil, las plantas crecían con vigor hasta la altura de doce pulgadas sobre el suelo, cuando, una tarde, durante la hora de la siesta, mi mayordomo entró a la casa corriendo y gritó: langostas! langostas! langostas! Salté y corrí afuera, frente a la casa, para ver si estaban cercanas o distantes, y allí las vi en una densa nube a todo nuestro rededor. Al instante volví por mis pistolas para quemar alguna pólvora, mientras que otras personas que estaban presentes, agarraban tarros, sartenes, cacerolas y todo lo que pudieron encontrar para hacer ruido, pero antes que pudiera hacerse nada eficaz, el enjambre se condensó inmediatamente sobre el terreno donde las plantas de tabaco lucían su lozano verde brillante, y de repente, cayendo como una pesada masa sobre ellas, cubrieron todo el campo tan completamente como si sobre él s e hubiera extendido un manto obscuro. En unos treinta segundos, declaro con la mayor solemnidad, que no pudo haber sido ni medio minuto, el enjambre se levantó del terreno tan de repente como se habían posado sobre él y continuaron su vuelo, dejando el campo de 40.000 plantas sin vestigios de una de ellas, literalmente tan limpio como si hubiera sido barrido con una escoba" (Temple 1989). 

18 Sobre "varitas emplumadas" consultar el trabajo de Alberto R. González 1983 "Nota sobre religión y culto en el Noroeste argentino Prehispánico" en Baessler-Archiv XXXI:219-278. 


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